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¿Por qué perdemos la esperanza?

La semana pasada veíamos que la esperanza implica un sentimiento de alegría, un pensamiento positivo, una actitud enfocada hacia un objetivo y una cierta dosis de fe. Pero veamos cuáles son las causas de que algunas veces perdamos la esperanza.


Uno de los principales motivos es la falta de realismo. Hay situaciones obvias que será necesario aceptar: por ejemplo, cuando nos empecinamos en conseguir el amor de una persona que nos ha dicho una y otra vez que no quiere nada con nosotros.
La esperanza de conseguir algo, debe de ir acompañada de realismo. Si nos proponemos metas imposibles, viviremos forzosamente desesperanzados. Hemos de confiar en nuestras posibilidades y recursos y no vivir pendientes, por ejemplo, de que nos toque la lotería. Hemos de luchar por aquello que, de manera realista, podemos conseguir. A menor escala, también es una actitud realista el pensar que encontraremos obstáculos en nuestro camino; si pensamos que todo será un camino de rosas, es probable que tiremos la toalla a la primera dificultad.

Otro motivo de actitud poco esperanzada es el pesimismo, la sobrevaloración de los aspectos negativos. Un exceso de actitud crítica nos hará gastar más energía en criticar que en intentarlo. Anticiparemos las dificultades antes de que aparezcan.

La desvalorización de aquello que se ha conseguido y el exceso de crítica del pasado nos restará energía de cara al futuro.

El estado de ánimo depresivo tiende al pensamiento desesperanzado: “no lo conseguiré”, “no vale la pena intentarlo”, son frases que se repiten algunas personas y que también restan energía y disminuyen la esperanza.

La confianza en el ser humano en general, en sus capacidades, es fundamental. Hay personas que no confían en el ser humano. Y difícilmente tendrán una actitud esperanzada.

Otro motivo es el miedo al fracaso. Es normal tener miedo cuando esperamos conseguir alguna cosa. Pero hay personas a las cuales les frena un excesivo miedo al fracaso, el miedo a no conseguirlo y ni tan solo lo intentan.

La impaciencia es una enemiga natural de la esperanza. Muchas veces, cuando esperamos algo, lo queremos de inmediato. Es preciso medir el tiempo de una forma realista.

Por último, tengamos en cuenta que una actitud esperanzada en el futuro no nos ha de impedir vivir en el presente, aquí y ahora, de una forma satisfactoria.

La semana que viene, el pensamiento positivo.

La esperanza es lo último que se pierde...

¿Eres de los que ves el vaso medio lleno o medio vacío? ¿Con qué actitud te enfrentas a los contratiempos de la vida? ¿Tienes confianza en el futuro?


La esperanza es un concepto de actitud, actitud frente a la vida y las adversidades. Cuando nos encontramos ante una situación difícil y las circunstancias se ponen en nuestra contra, es fácil caer en la desesperanza. La situación actual, económica, laboral, política, etc. hace que muchas personas sientan la desesperanza. Y la desesperanza (o falta de esperanza) puede llevar a la desesperación. Últimamente nos están golpeando las noticias de suicidios por parte de algunas personas que iban a perder su casa y no veían ninguna salida. Son personas que han llegado al límite de la desesperación, a la convicción de que no hay ninguna salida más. Que no hay futuro para ellas.

La esperanza (o actitud esperanzada) va acompañada de un estado de ánimo de alegría, un sentimiento positivo. Se basa en el pensamiento de que todo se puede conseguir y que es necesario luchar por aquello que uno quiere. Este pensamiento lleva a la actitud de enfocar nuestra energía hacia aquello que se quiere conseguir. Y también comporta un acto de fe, de creer en aquello por lo que luchamos.
Así pues, la esperanza comporta un sentimiento (alegría), un pensamiento (lo conseguiré), una actitud (pondré toda mi energía en conseguirlo) y un acto de fe (se puede conseguir).

Ante una situación de enfermedad, propia o de algún familiar cercano, o una situación de paro, dificultades económicas, desengaños amorosos, etc. es muy fácil perder la esperanza. Si perdemos la fe en el futuro, caemos en sentimientos de tristeza y miedo que frenarán nuestra energía. Dejaremos de luchar por aquello que queremos. Y sin esta lucha, sin esta energía, se vuelve cada vez más difícil salir, remontar. Es necesario evitar que todo esto nos arrastre. Conviene mantener viva la ilusión y la fe en nosotros mismos y en el futuro. Pensemos que la vida tiene altibajos, y que la situación actual que padecemos, sea la que sea, no durará para siempre, o al menos, habrá otras salidas.

Si perdemos la esperanza, dejamos de luchar, y sin lucha, cuesta mucho más conseguir una meta.

La semana que viene, ¿cuáles son los motivos que nos hacen perder la esperanza?